El rector del Cesa se refiere a la polémica creada por un profesor de renunciar porque sus estudiantes no rendían lo suficiente.
Las dificultades de escribir de los estudiantes universitarios en Colombia son más que una simple coyuntura periodística de actualidad.
Se trata de un tema urgente que debemos pensar con mucha seriedad desde la academia.
Colombia es uno de los países con cifras más altas de dificultades de aprendizaje y uno de los que cuenta con menos libros leídos por habitante: menos de uno al año.
Estudios nacionales demuestran, además, que las habilidades de lectura de los estudiantes que aprobaron la formación secundaria muestran niveles críticos.
De ahí que los errores de ortografía de los que nos quejamos a diario los profesores sean apenas una manifestación superficial del problema; el síntoma de dificultades mucho más serias al escribir.
LA TAREA DE LA ACADEMIA
¿Qué tiene que decir a ello la academia?
Mi opinión es que la universidad tiene que ser mucho más que una institución pasiva; no puede simplemente limitarse a aceptar que su responsabilidad es la de dar una formación técnica y profesional a los estudiantes que ya recibieron una formación básica.
Si lo que pretende la universidad colombiana es entregar profesionales capaces de trasformar positivamente este país, debe primero formar personas capaces de entenderlo.
La tarea no es fácil, pero desde mi experiencia puedo afirmar que los procesos de lectura y escritura son herramientas fundamentales para lograrlo.
Así, la primera dificultad que encontramos es asumir que nuestros estudiantes, al terminar la escuela secundaria, tienen claras las herramientas de lenguaje que les permiten leer y escribir con solvencia cualquier tipo de textos. No creo que esa certeza pueda ser aceptada sin discusión.
Hay, claro, unos rudimentos que están más o menos cubiertos; los estudiantes pueden comunicarse por escrito, fundamentalmente con sus pares, y son capaces de procesar, en general, algún tipo de información, si general y concreta mucho mejor.
El asunto es que aún no logran hacerlo formalmente, es decir, en un contexto que supere lo íntimo, lo meramente personal.
¿Pero debemos responsabilizarlos por ello?
Es claro que la formación recibida en los colegios debió haberles dado, por lo menos, los rudimentos para lograrlo, pero sólo en la universidad, al comenzar la formación profesional, se enfrentan con la necesidad de desarrollar esta habilidad.
Así, los profesores universitarios tienen la crucial responsabilidad de dar los contenidos técnicos de una disciplina específica, pero también la de enseñar a pensar a sus estudiantes en esa disciplina concreta.
Y ello no se logra por un medio diferente que leyendo y, sobre todo, escribiendo acerca de esa disciplina. Los estudiantes del Cesa, que estudian Administración de Empresas, por ejemplo, tienen que aprender a pensar en contabilidad, en macroeconomía, en mercadeo.
Solamente de esta manera lograrán la apropiación de sus conocimientos.
Para enfrentar esta dificultad, las instituciones deben tomar decisiones que estén a la altura de las necesidades. No es suficiente con dar una o dos conferencias al respecto; hay que modificar los hábitos de trabajo de los estudiantes y, fundamentalmente, de los profesores, quienes son los que toman las decisiones cotidianamente en clase.
Hay que capacitarlos y darles asesorías permanentes con especialistas en lengua y pedagogía a través de las cuales aprendan, ellos mismos, a lidiar con su lengua. Esto implica, claro, recursos y un conjunto de políticas efectivas.
Un trabajo de todos
En el Cesa abrimos hace dos años un centro para el apoyo de la lectura, la oralidad y la escritura -Diga-, encargado de respaldar todos los procesos de lenguaje en la institución, particularmente en el pregrado de Administración.
A Diga recurren los estudiantes cuando requieren de algún tipo de apoyo lingüístico para escribir un texto o planear una exposición, por ejemplo, pero se ha constituido fundamentalmente como un punto de apoyo para los profesores.
Con ello hemos logrado fundamentalmente crear una conciencia acerca de la necesidad de comunicarse clara y efectivamente; que los estudiantes comiencen a escribir para ser leídos antes de calificados, y que los profesores comencemos a evaluar lo que leemos, no lo que adivinamos en textos desarticulados y abstrusos.
Hemos encontrado, también, caminos más eficaces para detectar y prevenir el plagio resultante del uso indiscriminado de fuentes electrónicas; o lograr que materias del área de Matemáticas disminuyan sus casos de pérdida o de deserción gracias a sencillos ejercicios de comprensión de lectura.
Como queda claro, renunciar a comprometerse en la formación de los jóvenes, por sus falencias, es renunciar a ser profesor y es renunciar a ser universidad.
José Manuel Restrepo Abondano
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